jueves, 31 de enero de 2013

No ha sido un sueño - Relato



Navidad, finalmente es víspera de navidad.
Junto con la nieve, los recuerdos caen sobre mí sin dar tregua; lentos y precisos, delicados y fuertes, despacio, como si de esa forma disminuyera la pena que cargan.
Solo puedo mirarla fijo apreciando su natural belleza, sin todavía creer que faltan pocas horas para que ella desaparezca. Tampoco puedo creer que haya muerto dos días atrás y que ahora esté frente a mí.
—¿En qué piensas? —me pregunta enlazando su mano con la mía; siento su tacto, su calidez, siento su piel y siento todas esas cosas extrañas que me recorren cuando me toca.
—En ti —respondo automáticamente, entonces sonrío—. ¿Acaso lo dudabas?
—No. Solo quería estar segura.
Sus mejillas están ligeramente sonrosadas por el frío, su cabello cae corto por sus hombros y sus ojos marrones me recorren. Me está estudiando, hace eso cada vez que cree que miento.
—No quiero que desaparezcas, no quiero —confieso mordiendo mi labio inferior—. Aún no puedo hacerme la idea de vivir sin ti. No puedo, ¿Acaso no me entiendes?
Mi voz se quiebra, se me ha hecho un nudo en la garganta al asomarse las solitarias lágrimas en mis ojos, no quiero llorar. No voy a llorar, no mientras ella esté aquí conmigo, aún no la he perdido del todo.
—No puedo hacer nada más, no más de lo que puedo hacer ahora, y sabes que no es mucho —se lamenta regalándome una sonrisa triste.
Se recuesta sobre el banco cubierto de nieve en el que estamos sentados frente al gigantesco árbol de Navidad en el centro del pueblo, pero nadie puede distinguirla. Me ven a mí, un chico abatido que perdió a su novia en un terrible accidente dos días antes de Navidad. Aunque ya no parezco tan dolido por aquella muerte, puesto que  ven conmigo a una chica sentada muy cariñosamente. Pero ellos no pueden saber que es mi chica, la que falleció días antes, porque la ven completamente diferente. Todos menos yo, que la veo tal como es porque conozco su interior.
—¿Cuál es tu misión? ¿Qué tienes que hacer aquí en la Tierra para haberte convertido en un espíritu inquieto? —pregunto curioso, acercándome más. Necesito sentir el calor que desprende su cuerpo, no voy a poder vivir sin él… No voy a poder vivir sin ella, no me creo capaz de sobrevivir, ella es mi todo y si mi todo ha muerto, mi mundo, mi corazón, mi esperanza, también murieron.
—Hacerte feliz, esa es mi misión.
—No podrás hacerme feliz cuando ya no estés aquí—digo indignado. ¿Ser feliz después de que ella se haya ido? Es realmente imposible—. ¿Por qué no lo entiendes, Viviana?
—Tú eres el que debería empezar a entender, Alec —responde ella cogiéndome de las manos con fuerza en un gesto con el que trata de infundirme valor—. Me han dado una oportunidad, te he podido ver de nuevo, te he sentido de nuevo, y ese ha sido el mejor regalo que allá arriba pudieron darme… Eres mi regalo de Navidad.
—¿Regalo de Navidad? ¡Pero si dentro de poco desaparecerás!
—No sin antes hacerte feliz.
—Han pasado muchas cosas, hace tres días estabas junto a mí comprando los presentes para toda la familia, doce horas después te deslizaste por una colina por culpa de la nieve, apareciste esta mañana en mi habitación diciéndome que poseías el alma de un espíritu inquieto y que no podías estar en paz. Ahora estás sentada aquí diciéndome que tu misión es hacerme feliz, pero aún no comprendes que si tú no estás no seré nada, y yo no quiero ser nada —murmuro sin detenerme a respirar.
—¿No te alegras de volver a verme? —pregunta ella y empieza a poner distancia entre los dos.
—¡Sí! ¡Desde luego que sí! —exclamo rápidamente pescándola por el codo para luego envolverla en un abrazo e impedirle apartarse—, solo que unas horas no es suficiente.
—Pero ahora te estoy haciendo feliz, Alec. Eso es lo que cuenta. No quería arruinar tu Navidad, no quería herirte, no quería hacerte daño —levanta la vista y me mira, lo hace como la primera vez que me le acerqué en el campus y me había preguntado por qué yo me había tardado tanto tiempo en hablarle, como si reprochara algo pero no estaba del todo segura de tener derecho a hacerlo—, pero… ¡Vamos! ¿No has notado lo mágico que ha sido el día de hoy? ¿No has visto a las familias reunidas? ¿Has pillado las sonrisas de los niños al jugar con la nieve? Hoy es un día de esperanza, no quiero que la pierdas por mí.
—Entonces mi esperanza serás tú y el que vuelvas para quedarte conmigo siempre.
—Nunca ha sido lo tuyo conformarte…
—Ni lo tuyo tampoco —acuso—. ¿Por qué no buscas una manera de permanecer junto a mí, Viviana? ¿Habrá algo que yo pueda hacer para evitar que te desvanezcas al acabar la noche, cuando ya sea el otro día?
La abrazo con más fuerza, no quiero perderla. Hay tantas cosas que no quiero y que parecen inevitables, en especial ella, la quiero a ella para toda la vida.
—Yo ya estoy muy feliz por volver a tocarte y sentirte por unos momentos, es por eso que me conformo, porque cuando desperté en ese enorme vacío me sentí muy sola, mis pulmones te llamaron a gritos pero tú no aparecías. Entonces te vi llorando en el cementerio, te hablé pero no pudiste escucharme. Te toqué pero no me sentiste, yo tampoco lo hice. Fue horrible, era como tenerte y al mismo tiempo tener un muro invisible, gigantesco, entre los dos… Pensé que me quedaría todo el tiempo que durara como lo que era en ese momento, un fantasma atrapado en una realidad paralela, viéndote sufrir, haciendo tu vida un asco… Entonces desee hacerte feliz, aunque sea por unas horas. Y ellos, los ángeles del purgatorio, me concedieron mi deseo y me dijeron que lo tomara como un regalo por la víspera. Ahora puedo sentirte; desde otro cuerpo, pero puedo y es lo que importa.
Siento una humedad en mi mejilla, estoy llorando, tratando de asimilar sus palabras. Me regalo unos segundos para saborear el párrafo dicho y debatir qué situación era peor, si la de ella o la mía.
No sé qué decir, me quedo en silencio, tan solo recordando todos nuestros momentos juntos… Cómo me había enamorado, cómo le había declarado mi amor, cómo habíamos reído hasta quedarnos sin aliento.
Recordando las cosas buenas empiezo a sentir paz.
—«Resulta que no eres la chica ideal para nadie»—empiezo a susurrarle en el oído, recordando cada palabra de las que una vez dije—, «porque eres solo mía. Nadie podrá tenerte aparte de mí. Me gustas como eres, sé absolutamente todos tus gustos, he aprendido a mantenerte en el mismo lugar más de dos minutos, sé cómo lograr que no te amargues y entres en tu faceta de “que se jodan todos, me da igual”»—trago saliva intentando recomponerme y seguir con el hilo de mis recuerdos—. «Eres imperfecta e impredecible… Eres imperfecta como todos los demás lo somos, pero eres perfecta para mí».
—¿Cómo puedes acordarte de eso? —pregunta alejándose un poco de mis brazos para verme a la cara, está sonriendo. Cuando ella sonríe me llena de una tranquilidad plena, ¡fue hace tanto tiempo!
Su suspiro me hace reír, es un sonido fluido y en tan poco tiempo yo había olvidado que ella podía emitirlo… Había olvidado cómo relajar el rostro y cómo reír.
—¿Recuerdas el día en que me perseguiste por la playa para que te diera la rosa blanca que llevaba en mis manos? —pregunto sonriendo, ella asiente.
—Claro que sí, me chantajeaste para dármela —me acusa entrecerrando los ojos.
—Solo te dije que por una rosa blanca debías hacer lo que sea, y que yo… —me detengo, la miro fijamente y empiezo a decir las palabras que voy recordando haber dicho aquel día—. «Por una rosa blanca… lo daría todo. Por una rosa blanca, te amaría hoy y siempre. Por una rosa blanca le gritaría al mundo que eres mi vida y mi perdición. Por una rosa blanca te perseguiría a donde quiera que vayas. Por una rosa blanca, encadenaría mi vida a la tuya. Por una rosa blanca, Viviana, te diría mil y una veces que soy tuyo, únicamente tuyo, para toda la eternidad».
—«Pura y sencilla como una rosa blanca»—dice lo que yo le había contado acerca de por qué creía que una rosa blanca era su representación perfecta.
«Recuerda: por una rosa blanca, condenaría mi existencia a velar por tus pasos, por tu tacto, por tus brazos, por tus labios. Recuérdalo, solo por una rosa blanca» —concluyo. Empiezo a inhalar y exhalar por lo bajo, la temperatura ha descendido, ya no podemos permanecer un minuto más aquí afuera.
—Vamos adentro—articulo y me levanto de golpe, Viviana me imita pero sus movimientos son más lentos y ahora frunce el ceño—. ¿Qué pasa? —pregunto al notar que algo empieza a preocuparla.
—Recuerda que ellos me ven como otra chica… Van a tomarte por un desalmado cuando crean que me olvidaste tan pronto.
—No me juzgarán, estoy seguro de eso —digo para tranquilizarla.
Empezamos a caminar cogidos de las manos. Mi casa está a menos de una cuadra de donde nos encontrábamos. El viento frío azota sus cabellos y los hace revolotear alrededor de su cara, me entretengo mirándola y por eso tropiezo, y ella se ríe de mí.
Dos minutos más y ya hemos llegado, abro la puerta de un tirón y encuentro a toda mi familia reunida en el comedor.
—¿Por qué tardaste tanto? —pregunta mi mamá, luego se fija en la chica que está a mi lado. Me pregunto qué aspecto tendrá ella para ellos.
—Estaba ocupado.
Todas las miradas recaen sobre nosotros pero no es por mucho tiempo, se apresuran a saludar y a presentarse ante mi compañera… La acogen de inmediato, eso me deja indignado. Dije a Viviana que ellos no me juzgarían, pero a mí me resulta imposible no juzgarlos.
¿Cómo pueden olvidar lo que ocurrió no hace mucho tiempo? ¿Acaso ya lo olvidaron? ¡Mi novia murió hace dos días y ellos ya aceptarían a otra! Esperaba comprensión, pero no aceptación inmediata. Estoy consciente de que es Viviana la que está junto a mí, pero no puedo evitar pensar en que si no fuera ella —aunque ellos no saben que lo es—, hubieran aceptado a otra mujer así sin más, sin pensar en todo lo sucedido.
Mi familia vuelve a reunirse para servir la cena, pero yo subo a mi cuarto con Viviana pisándome los talones.
—No puedo creer cuán descarada podría llegar a ser mi familia –digo una vez ya dentro de la habitación de paredes verdes.
—No los culpes —me advierte. Se sienta en mi cama y dobla las rodillas, palmea el lugar junto a ella para que yo tome asiento.
—¿No te dolió eso a ti? —pregunto confuso, de seguro fue más difícil para ella.
—No. Cuando me pediste venir me preocupé un poco por su reacción, pero sé que tu familia me quiere, y ellos no han perdido la esperanza, Alec. Ellos te aman a ti y no quieren que te eches a morir, ellos te aceptarán en las buenas y en las malas. Eso es esperanza, creen que serás feliz y que serás capaz de superar esto. Y yo también lo creo.
Busca el cobijo de mis brazos y yo la ciño a mi cuerpo, no quiero dejarla ir. Si la dejo, estoy dejando mi alma, y un ser humano no puede vivir sin una. O quizás solo termine siendo un espíritu inquieto con alguna cosa que cumplir, vagando por la tierra en su busca… Y entonces, no seré feliz, mi cuerpo albergará desdicha y a ella no la veré más.
Duramos mucho rato abrazados, no sé cuánto tiempo exactamente, hasta que se separa de mí titubeante.
—Tengo que irme —dice mirando hacia arriba, las lágrimas empiezan a descender por su mejilla. Las mías también caen.
—No te vayas —suplico, la sostengo fuertemente en mis brazos. No voy a soltarla.
—No puedes hacer nada, Alec… Déjame ir.
—¡Yo no voy a dejar ir mi vida! —grito desesperado.
—No lo hagas más difícil… Alec, te amé, te amo y te amaré por siempre. Eso será así todo el tiempo, esté o no esté aquí contigo —me dice.
Sus ojos se cierran despacio, aprovecho ese instante y junto mis labios con los de ella en un roce inocente y puro, sin malicia, sin tiempo, sin ningún límite que se interponga entre ambos.
En ese momento, por unos segundos, he sido feliz.
Y ella desaparece, se esfuma de entre mis brazos dejándome marcado con el olor de su piel.

Mi respiración está acelerada. Despierto de golpe y me establezco en la cama. Siento un escalofrío que me recorre el cuerpo. Ahora estoy jadeando… No puedo creerlo, sí que no puedo hacerlo. Todo fue un sueño, un sueño de muy mal gusto.
—Buenos días, dormilón —me giro hasta dar con la voz tan dulce y familiar—. Tu mamá me ha dejado subir a despertarte, pero ya lo has hecho por ti solo. Vine a avisarte que iría a recoger los presentes que dejamos en la tienda ayer, ¿recuerdas? La carretera está un poco resbalosa, pero no será problema, ya he ido a…
—¡No! —grito al instante, me levanto de un salto y corro hasta ella.
Estoy acelerado, todo ha sido un sueño muy real, una muy mala jugada, no la dejaría ir. Ni ahora, ni nunca.
—¿Te pasa algo? —pregunta confundida, se acerca más y me abraza por la cintura.
—Quédate conmigo, Viviana. Quédate conmigo hoy y siempre… No te vayas —no puedo evitar lagrimear en su hombro mientras aspiro su aroma.
—No ha pasado nada. Tranquilo, Alec, me quedaré hoy contigo si te hace sentir mejor —responde mirándome dulcemente.
Alzo la vista y en el vidrio empañado de la ventana, encuentro un texto escrito:
«Es tu amor por esta chica lo que nos hizo obsequiarte esto. Tienes el privilegio de saber que tienes algo realmente grande como para perderlo. Cuídala, no damos muchas oportunidades. Recuerda lo que tengas que recordar, y lo demás déjalo ir. Nunca pierdas la esperanza y mucho menos en Navidad.
¡FELIZ NAVIDAD!
El purgatorio».
Tres parpadeos después y en el vidrio no hay nada. Me llega un flashback y recuerdo las compras navideñas, la muerte de Viviana, mi sufrimiento; recuerdo cuando estuvimos frente al árbol…
Luego recuerdo cómo se retrocedieron tres días.
No ha sido un sueño.

 ***
Este es el relato que está en la Antología Pasión de Navidad (puedes informarte más acerca de la antología en la sección "mis libros".
¡Espero que les guste! A mi me encanta.
Y les digo que estas entadas son programadas para que así el blog no se quede solo durante la semana. 
¡Beeeeeeeeeeesooos y comenten!





3 comentarios:

  1. me agrada aunque no lo termine de leer porque voy de salida :s saludoos

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  2. holaa como estas?
    espero leerte pronto saludos gracias por tu comentatio :D

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    1. Hola! Muy bien! Gracias por pasarte por mi blog.

      Pronto habrá otra entrada.

      Besos!

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